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VIAJES DE AUTOR
Glaciar de Balmaceda y una de las cascadas que encontramos durante en el recorrido
A medida que se avanza, la ciudad queda atrás y el paisaje se
va cerrando en paredes de roca, bosques y cascadas que caen
directamente al fiordo. El ritmo del viaje lo dicta lo que aparece
por las ventanillas: colonias de cormoranes, leones marinos en
las rocas, cóndores que trazan círculos sobre las laderas. Los
pasajeros aprenden a vivir entre la cubierta y el interior calefacta-
do, manejando las capas de abrigo según el capricho del viento.
Glaciar Balmaceda: el hielo suspendido
El primero en aparecer es el glaciar Balmaceda, colgado sobre
la ladera de una montaña. Su lengua de hielo desciende entre
paredes rocosas hasta casi tocar el agua, rodeada de parches de
bosque donde sobreviven coigües y ñirres. No es el glaciar azul
intenso que domina las postales, pero su textura, sus grietas y la
huella visible de su retroceso cuentan mejor que cualquier discur-
so el paso del tiempo.
Hacia el glaciar Serrano: un sendero entre
bosques húmedos
Para acercarse al glaciar Serrano, el barco se detiene en un pe-
queño embarcadero desde el que parte un sendero. La caminata
es sencilla, pero el entorno —raíces aéreas, troncos cubiertos de
musgo, arroyos que cruzan el camino— la convierte en una expe-
riencia sensorial. El aire se vuelve más frío, más denso, como si
anunciara la presencia del hielo antes de verlo.
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