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TERRITORIO OBARENES (BURGOS)
Cicloturismo por Santa Gadea del Cid
Apiturismo en Frías
Naturaleza vivida: abejas, roca y agua
El paisaje de los Obarenes es un mosaico: crestas calizas, barrancos, encinares
térmicos, quejigales, bosques mixtos de transición atlántico-mediterránea y, en los
fondos de valle, huertas, choperas y prados donde el Ebro y sus afluentes amorti-
guan el clima. Sobre ese escenario se ha ido tejiendo una oferta de turismo activo
que tiene una virtud: no borra el carácter tradicional del territorio, sino que lo apro-
vecha.
El apiturismo es quizá uno de los mejores ejemplos. En estas laderas, la mezcla
de bosque y prado, los brezales y los cultivos favorecen una gran diversidad floral.
No es difícil encontrar colmenares tradicionales, asentamientos de abejas que llevan
décadas en las mismas fincas, ahora abiertos al visitante. La experiencia suele com-
binar la explicación del trabajo del apicultor, el conocimiento de las floraciones de la
zona, la visita a las colmenas con todas las medidas de seguridad y, por supuesto, la
cata de mieles: ámbar oscuro cuando priman los bosques, más clara cuando la flora
herbácea y los frutales tienen la voz cantante.
La orografía quebrada de los Obarenes, con sus paredones calizos y sus cortados,
ha favorecido también la apertura de vías ferratas y recorridos de escalada sencilla.
En distintos puntos del territorio, el viajero puede progresar asegurado a la roca,
siguiendo peldaños y cables que suben por las paredes y se asoman a miradores
naturales sobre el corredor del Ebro o sobre los desfiladeros secundarios. No es
un territorio de alta montaña, pero la sensación de verticalidad y de abismo es muy
real: bajo los pies, el río o los valles; por encima, los buitres describiendo círculos
pausados.
Para quien prefiera el movimiento constante, el cicloturismo encuentra aquí un
campo excelente. Carreteras locales casi vacías, pistas forestales que bordean las
laderas, antiguas rutas de servicio minero o agrícola reconvertidas en caminos cicla-
bles… Los recorridos permiten enlazar pueblos, monasterios y miradores sin perder
nunca de vista la montaña. La bicicleta se convierte en un hilo conductor entre patri-
monio y naturaleza: se entra a un pueblo por una antigua puerta medieval y, al salir,
ya se pedalea de nuevo junto a un río o un bosque de ribera.
El agua, al fin, completa el triángulo. Además del Ebro, numerosos arroyos que des-
cienden de las sierras forman pozas, pequeñas cascadas y saltos que en primavera
y tras los deshielos se vuelven particularmente vistosos. En torno al embalse y al pro-
pio cauce del Ebro se han habilitado zonas de baño, áreas recreativas y senderos de
ribera que permiten un turismo de agua pausado: pasear, observar aves, escuchar
el rumor de los saltos y, en verano, mojar los pies en un recodo tranquilo.
Vía Ferrata en Pancorbo
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