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LUCCA
Museo de Giacomo Puccini
Terraza y heladería en una calle del casco histórico
Soportales del centro histórico de Lucca El Ponte della Maddalena
Esa noche cenamos sin prisa. Luc-
ca tiene una gastronomía sencilla y
honesta: pastas frescas, embutidos,
verduras, panes de masa madre, vi-
nos de la región. Conversamos so-
bre los lugares del día, sobre cómo
la ciudad parecía hecha a medida
para mujeres que buscan serenidad
sin renunciar al encanto. Al caminar
de vuelta al hotel, la ciudad estaba
envuelta en un silencio dorado. Las
calles parecían susurrar.
A la mañana siguiente, el primer café
del día nos supo a continuidad. Deci-
dimos explorar la zona de San Fre-
diano, donde la basílica del mismo
nombre luce un mosaico dorado que
brilla incluso bajo las nubes. Dentro,
la luz tenue crea un ambiente íntimo,
casi doméstico, que invita a quedarse.
Lucca está llena de pequeños descu-
brimientos: tiendas de antigüedades
donde las estanterías guardan objetos
que parecen tener historia propia; ta-
lleres de luthiers que trabajan como si
nada hubiera cambiado desde el Re-
nacimiento; o la casa natal de Giaco-
mo Puccini, que visitamos por curiosi-
dad y de la que salimos tarareando sin
darnos cuenta.
El segundo día de compras fue más
calmado, pero igual de disfrutable.
Entramos en una tienda de papel
donde los cuadernos parecían piezas
de museo. En otra, especializada en
cerámicas toscanas, una de nosotras
encontró un cuenco que definió como
“la prueba de que Lucca existe para
hacerme feliz”. Así es esta ciudad: te
ofrece todo sin imponerte nada.
Alquilamos bicicletas cerca de Porta
Santa Maria y volvimos a recorrer las
murallas, esta vez casi en silencio,
dejándonos llevar por el ritmo del pe-
daleo. Desde arriba todo parece flotar:
los árboles, las fachadas, nosotras
mismas. En un tramo nos detuvimos
para mirar simplemente cómo caía la
tarde sobre la ciudad. Había algo en
esa luz suave que parecía sellar el viaje.
La última sesión de fotos —inevita-
ble— fue espontánea: risas, poses
improvisadas, el viento desordenando
el pelo, la certeza de que estábamos
creando un álbum mental que ninguna
cámara sabría reproducir del todo.
Cuando dejamos Lucca, lo hicimos
con la sensación de que nos había-
mos llevado algo más que una es-
capada. La ciudad tiene una forma
tranquila de colarse en la memoria,
sin esfuerzo ni pretensiones. No des-
lumbra; acompaña. No grita; susurra.
Y ese susurro, para nosotras, se con-
virtió en un recordatorio de lo impor-
tante: caminar, reír, compartir, mirar
despacio y disfrutar juntas.
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