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VIAJES
Llegamos a Lucca una mañana ti-
bia de primavera, con esa mezcla
de emoción, energía y ligereza que
solo aparece cuando viajas con
amigas. Habíamos hablado tantas
veces de hacer un viaje así —sin prisas, sin
itinerarios estrictos, con tiempo para caminar
y para reír— que, al cruzar las murallas rena-
centistas, sentimos que este era un pequeño
sueño cumplido. Lucca, discreta, amable, en-
vuelta en tonos ocres y rosados, nos recibió
sin aspavientos. Y quizás por eso nos sedujo
desde el primer minuto.
Subimos nada más llegar al paseo que reco-
rre la parte superior de las murallas del siglo
XVI, uno de los símbolos más hermosos de
la ciudad. A diferencia de otras fortificaciones
europeas, estas murallas no se ven como
un límite, sino como un paseo elevado que
abraza Lucca por completo. Desde allí, bajo
la sombra de los árboles, contemplamos te-
jados rojizos, torres medievales y jardines
ocultos. Una de nosotras comentó que era
“como mirar una maqueta perfecta”. Lo era:
ordenada, íntima, bella sin exagerar.
Bajamos al centro por una de sus calles estre-
chas, donde enseguida apareció otro rasgo
esencial de Lucca: el silencio amable. No hay
tráfico invasivo, apenas unas bicicletas que
pasan sin prisa. Las piedras del suelo guar-
dan siglos de pasos, y las fachadas, con sus
tonos terracota, parecen haber sido pintadas
por la luz toscana para lucir siempre bien.
Basílica de San Michele in Foro
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